Todos comenzamos buscando algo. El qué, carece de importancia. Aquella persona alegre que los hace reír a carcajadas, porta una máscara con la que protege su mundo, su intimidad, de la sociedad. El triste y atormentado Golumm, trato con ahínco y mala fortuna, ser aceptado sin llevar una, se ve ahora marginado. No me alejo de la verdad al decirles que ambos individuos no difieren en lo esencial, ambos están solos. Todos ustedes están solos dado que es imposible conocer por completo a otra persona.
Es curioso ver como la sociedad cambia sus roles sin saberlo para después volver a retomarlos donde los dejó. Y sin embargo al hacerlo no distinguen más puntos de vista que el propio. Es como una enfermedad que permite a los conscientes de ello manejar la sociedad a su antojo, impidiendo la fluidez de un cambio de paradigma necesario. Sin embargo, esto no quiere decir que no se esté llevando a cabo. Poco a poco (muy poco a poco) la gente va tomando mentalidad de la verdadera realidad de la cosas.
Según el manual, el ser humano es un animal social. Yo prefiero llamarlo “animal político”. Sin entrar en muchos detalles nos encontramos con el dilema del erizo, que expone que, cuanto más cercana sea la relación entre dos seres, más probable será que terminen por hacerse daño.
No separar nuestro mundo del ajeno provoca, que tarde o temprano dos individuos acaben lastimándose. Todos comenzamos buscando algo. Un camino, una forma de ser, una certeza, … Los más perdidos acaban buscando a Dios y a su puta madre, mientras los más prácticos tratamos de adaptarnos. Mi punto es que el mundo es dinámico, está en continua modificación. En un momento los números de una pantalla pueden disminuir y cientos de personas corren a inmolarse, lo han perdido todo en la bolsa. Un artista que nunca conoció el éxito llega a lo más alto por colgar su música en la web. Un hombre de estado es asesinado en la India y a los diez minutos todo el globo conoce la noticia. Hay algo en el mundo que adoro y siempre me sorprende. Ese factor aleatorio que lo baña todo.
Sin embargo, el ser humano no digiere bien los cambios. Se vuelve necesario tener alguien en quien confiar, un sitio donde evacuar las frustraciones. Para esto caballeros es para lo que sirven las máscaras. Actúan como un pequeño velo que disimula el dilema del erizo a costa de esconder nuestro yo más profundo, nuestra verdadera identidad. Aun así se darán cuenta de que no es una solución definitiva. A medida que ganen intimidad con una persona, deberán despojarse de su máscara y esperar que esa persona les acepte.
